No hay nada más deprimente que una tienda de cotillón. Por lo menos esa es la impresión que me causa cada vez que paso frente a la vitrina de alguno de esos comercios. Es realmente macabro ver todos esos disfraces, gorros y caretas apilados y apachurrados unos contra otros. Con esos colores opacos que los caracterizan por haber sido usado cientos de veces por personas desconocidas. Me dan una impresión triste, desolada y solitaria. ¿Quién sabe qué cabezas se calzaron esas máscaras de goma espuma percudida? ¿Quién sabe cuántas veces miró alguien por esos lúgubres agujeritos en la base de las cabezotas? Bueno, mejor me pongo mi pasamontañas y salgo a caminar por las frías calles de invierno de la ciudad de Rosario.