Los lugares chicos siempre tienen una acústica bastante mala. Y esta no era la excepción. Cuando llegamos había muy poca gente. Sin contar a los intérpretes, por supuesto. Ellos eran bastantes, casi 30 seguramente. Soy bastante malo para los números calculados al tanteo. Estaban todos muy ocupados, cada uno con su instrumento. Afinando, acomodando, limpiando y retocando. Algunos ordenaban los papeles, las partituras y los atriles para que todo estuviera un poco más alineado dentro del caos individual que dominaba cada espacio personal, aportando algo de la intimidad de cada músico al desorden general de la orquesta. Los sonidos se iban sucediendo de manera dispar a medida que cada uno calentaba su instrumento. Una línea por aquí, alguna otra por allá. Cada una con su tiempo, su personalidad y su carácter. Parecía como si cada uno tocara para su propio público, en su propio espacio. Me sorprendió el poder de abstracción que tenían todos ellos para ignorar todo lo demás que estaba sucediendo a su alrededor y concentrarse en unas pocas notas escritas en un pedazo de papel. El conjunto era una amalgama extremadamente disonante. Por encima de todo esto se escuchaban algunas acotaciones del director. El imprescindible traje para la ocasión era una constante. Las damas, vestidas de gala. Nada demasiado ostentoso pero suficiente para estar a tono. Corbatas, chalecos, sacos, pañuelos. Todo muy pintoresco.
Tres golpes, solamente tres. Y de manera instantánea, inmediata y casi mágica todo se ordenó y se puso en el lugar que debía, en el lugar correcto. La armonía ganó entonces cada rincón de aquel apretado saloncito y el efecto súbito de aquella coordinación violenta fue totalmente sobrecogedor, impactante. Y de repente todo tuvo sentido. La sensación: fue casi como si la entropía se partiera en mil pedazos y cada uno de ellos cayera exactamente en una posición perfecta, determinada, para crear un mosaico súper lógico que un arquitecto ancestral hubiese planificado centurias atrás. Es impresionante como en la más mínima fracción de segundo las cosas empiezan o terminan, aunque sea temporalmente. Esa es una de las características más misteriosas y fascinantes de la música.
Expresate, dale!