19 dic
Escrito por Caralimón
Categorías: crónica
Etiquetas: familia, personales, rosario
Esta mañana nos pasó algo bastante curioso. Salimos algo retrasados de casa y estábamos con los tiempos más que justos para llegar a destino. Así que, como éramos varios y viajábamos a lugares distintos pero no tan distantes (todos en el centro o macro centro de la ciudad), nos decidimos a tomar un taxi para acortar tiempos y dividir los gastos. No demoramos demasiado en conseguir uno, cosa bastante extraña en estos días en que escasean bastante y se debate el tema de otorgar nuevas chapas y habilitaciones.
La persona que nos tocó en suerte como conductor, chofer o como quieran llamarlo era un señor algo maduro y parecía bastante impaciente, no sólo por sus reacciones sino por la forma en la que manejaba. Hizo algunos comentarios (lo de siempre: el tránsito y bla, bla, bla) que nos hicieron pensar que no era del todo normal o que, en el mejor de los casos, estaba bastante abstraída en sus propios asuntos. Pero me inclino más por la primera opción. Lo que más nos asombró fue su forma de conducir: frenadas y aceleradas en seco; velocidades más altas de lo permitido (llegaba rápidamente a los 60 Km./h en calles donde la máxima permitida es de 40 Km./h, y peor todavía en las avenidas); bocinazos constantes, incluso a otros autos que estaban parados en un semáforo en rojo y en esquinas en las que ya le estaban dando paso. En fin, un bodrio total. Llegó un punto en el que pensé que el tipo se había robado el auto y se estaba escapando de vaya a saber quién.
Cuando llegamos a una avenida en la que amagó a subir todavía más la velocidad, y después de un par de frenadas más, alguien de los que viajábamos en el auto se animó por fin y le dijo lo necesario: “Esteeee.. ejem… disculpe, pero…” Y vino la crítica constructiva. Bien hecha, por supuesto. No se la tomó a mal en lo más mínimo. Por el contrario, tuvo una reacción bastante inesperada. Empezó a titubear y a pedir disculpas, explicando que lo hacía “porque todo el mundo maneja rápido por acá, sobre todo en las avenidas, y que si él no manejaba igual lo pasaban por encima”, etc, etc…
La cuestión es que a partir de ese momento bajó abruptamente la velocidad y apenas llegaba a los 15 o 20 Km./h, doblando muy suavemente y frenando como una seda. Los pasajeros nos miramos con asombro pero, como ya quedaba más bien poco para llegar a destino, decidimos no decirle nada más para no empeorar todavía más la cosa. Seguimos charlando como si nada hubiera pasado.
Todo el asunto me lleva a pensar en lo frágiles y deficientes que son los controles de tránsito en general, sobre todo en nuestra ciudad. Es cierto que en Rosario tenemos fama y tradición de manejar bastante mal. Pero cuando se llegan a ver casos como éste en los servicios públicos, un duda de la gente que realiza (o debería realizar) los controles, pruebas y exámenes a los que aspiran a manejar este tipo de vehículos. Aunque, teniendo en cuenta la forma en que se manejan muchos colectivos y taxis en la ciudad, dudo mucho de la existencia de estos controles y mucho más todavía de su periodicidad y auditoría permanente. Creo que debemos empezar por controlarlo nosotros mismos, los usuario, advirtiéndolo ante la menor transgresión. Y, sobre todo, dando el ejemplo cuando nos toca ponernos al volante.
Expresate, dale!