Este fin de semana tuve la suerte de poder reencontrarme con algunos viejos compañeros del colegio secundario, gente que uno quiere mucho pero que, a pesar de todo y por las complicaciones diarias, ve muy de vez en cuando. Algunos de ellos han estado dando vueltas por el mundo y a otros les han pasado cosas bastante fuertes (me incluyo) que seguramente nunca van a olvidar en sus vidas. Por suerte todos seguimos de este “lado” y podemos volver a encontrarnos cada tanto, más allá de las complicaciones de agenda. Asadito y vino de por medio (es increíble lo que te puede llegar a costar un asado en una parrilla en Argentina, siendo que tenemos vacas hasta en el patio), pasó lo que tenía que pasar. Anécdotas y recuerdos de las buenas épocas (no es que las actuales sean malas, pero la etapa de la adolescencia y del colegio es muy especial, sin dudas), sorpresa al descubrir “lo que es de la vida de fulano”, fotos, historias… un montón de historias. Y casi todas de las buenas
De la reunión me llevé un montón de sensaciones mezcladas, algunas casi adolescentes. Nostalgia, una seguidilla de fotos mentales. La sensación de estar recorriendo un camino, un muy buen camino, y de no estar sólo en el viaje. Las piedras en el camino no son más que eso. Y la certeza de que los amigos son para siempre. Cursi pero cierto.
Ah… y la promesa de recuperar esas fotos viejas de aquellos “años dorados” y escanearlas (somos de la era analógica, del rollo y el rewind) para compartir.
Expresate, dale!