Quería contarles, brevemente, que a partir de ahora tambíen voy a estar escribiendo para Alternaria.tv, un blog que sigo desde hace un tiempo. Ya en su momento comenté por aquí sobre Facundo Arena, su blog, su podcast semanal y sus proyectos musicales y laborales. Un tipo polifacético si los hay. Hace algunos días, Facundo inició una convocatoria vía Twitter para gente que quisiera sumarse al staff de editores de Alternaria.tv, blog sobre tecnología y vida digital que llevan adelante él junto con algunos editores amigos y conocidos. No conozco personalmente a Facundo, pero tuvo la amabilidad de aceptarme como colaborador. Así que, además de contarles que también podrán leer algunas cosas que escriba por allá, quería aprovechar para agradecerle a Facundo y saludar a los demás editores de Alternaria a los que ahora me sumo.
Aunque por aquí seguiré manteniendo firme mi alter ego, en Alternaria.tv podrán leerme bajo mi identidad en el mundo real. Si les interesa mantenerse actualizados y opinar sobre temas de tecnología están todos invitados a darse una vuelta por Alternaria.tv y participar con sus ideas y comentarios junto al resto de los editores.
Esta es una idea que se me ocurrió en algún rato de ocio, no recuerdo exactamente cuándo ni cuánto tiempo hace que me está dando vueltas por la cabeza, y en su momento me pareció interesante. La verdad es que no sé si ya existe alguna iniciativa parecida en algún otro rincón del planeta y si existe no creo que se haya difundido demasiado todavía. Voy a tratar de contarla de la forma más clara y breve posibles. Aunque sé que me voy a extender más de lo que me gustaría.
Básicamente se trata de organizar una especie de servicio o comunidad que se encargue de gestionar y organizar recitales por demanda. No se me ocurre otra definición, sólo esa “recitales, conciertos o espectáculos por demanda popular”. La idea es sencilla y complicada a la vez. Pero todo el proceso empezaría así. Podría organizarse a escala local (digamos una ciudad más o menos destacable desde el punto de vista de la cantidad de habitantes, digamos, por ejemplo, Rosario) en la cual existe una comunidad de amantes de la música (pasando por la variedad de artistas que sea) y que disfrutan de que sus artistas y bandas favoritas toquen en su propia ciudad. No hay nada como ver en vivo al artista o a la banda que te gusta. Entonces, por un lado, tenemos a la gente con sus gustos musicales que es el destinatario final de toda esta idea. Por otro lado tenemos a los artistas y bandas (todos los que se nos puedan llegar a ocurrir, cubriendo los géneros más variados) que de alguna manera tienen una agenda de shows y presentaciones diversas. La idea es implementar esta idea en medio de estos dos focos: una especie de punto de encuentro que concentraría por un lado la demanda de la gente que quiere que sus artistas toquen en su propia ciudad y la de los artistas que estén dispuestos a aceptar este sistema. Este “concentrador”, que imagino como un servicio o sitio web comunitario, con usuarios, suscripciones, notificaciones, pagos on-line y todo lo que suele haber en este tipo de comunidades. Entonces empezamos, suponiendo que la idea / sistema ya tiene un tiempo de ruedo. Hay determinados artistas (conocidos y menos conocidos) que deciden plegarse a este sistema de conciertos por demanda, por lo cual ya sabemos que podemos contar con ellos. La gente de esta ciudad hipotética vota por un recital / show en vivo de X artista. Al principio es un pequeño grupo el que sugiere el espectáculo pero se van sumando más fans con el correr de los días. Cuando se llega a un número determinado de cantidad de personas como para asegurar que el espectáculo sea redituable para el artista y para los que se encargan de traerlo, el evento se confirma. Previa determinación de la fecha (en teoría, lo más pronto posible) según la disponibilidad de su agenda. Obviamente que para que esta cantidad de gente confirmada para el espectáculo tenga peso, el pago debería ser por adelantado. Esto genera un compromiso por parte de la gente y una seguridad para el artista.
Y, a pesar de que sonó bastante complicado y no lo pude poner en menos líneas, ese sería el funcionamiento básico de esta idea. La gente pide a un artista o banda y cuando existe la cantidad necesaria de confirmados, con sus entradas ya pagas, el artista confirma una fecha, viene y toca. Todo gestionado en línea a través de un sitio o comunidad de usuarios. Si por cualquier motivo no se llega al número mínimo de confirmados para que el show se materialice, el importa pagado por las entradas podría trasladarse a algún otro pedido de artista o banda o podría, directamente, reembolsarse.
Detalles habrá cientos de miles: formas de pago, valor estipulado para las entradas, mínimo de confirmaciones para que el show se confirme y muchos etcéteras. Da para armar un gran lío con sólo ponerse a pensar en los detalles. No sé que tanta disposición tenga la gente y la comunidad por pagar una entrada por un show que todavía no está confirmado.
Creo que es una idea potencialmente interesante para todo fanático. Difícil de implementar, sí. Pero para nada despreciable. Y obviamente habría que descartar a los artistas megalíticos: no creo que U2 esté demasiado interesado en el concepto. Pero hay un universo de artistas mucho más accesibles y “cotidianos” que podrían llegar a ciudades en las que nunca estuvieron gracias a un sistema de este tipo. Y el concepto se podría aplicar a la música sino que se podría ir ampliando a otro tipo de expresiones artísticas. Ya me dirán ustedes si les parece una idea demasiado pretenciosa o una soberana pavada.
Hay cosas a las que uno se hace apega muy fácilmente, sobre todo en cuestiones de software y herramientas de uso cotidiano en la PC. Ya sea para funciones personales o laborales, hay herramientas que nos van ganando y a las que nos hacemos “adictos” muy fácilmente. A mí me pasa muy seguido y podría dar una lista bastante larga de casos. Y esto no sólo nos pasa con aplicaciones de escritorio sino con determinados servicios en línea, sobre todo servicios sociales, a los que una vez que nos suscribimos y vemos sus ventajas ya no podemos abandonar tan fácilmente.
Desde hace tiempo venía usando Picasa (el programa) como software para administrar, retocar, mejorar y gestionar las fotografías que saco con mi humilde cámara digital compacta. De más está decir que el programa es excelente. La interfaz está muy cuidada y es una de las cosas más intuitivas que he visto. Las opciones para trabajar con imágenes (por lo menos en lo básico) están más que cubiertas. El módulo que reemplaza al visor de imágenes predeterminado de Windows también es una joyita. Además, es multiplataforma y puede correrse tanto en Windows como en Linux o Mac. Con lo cual si uno suele cambiar de sistema operativo para hacer tareas diferentes no lo va a extrañar. Por otra lado, servicios para publicar y compartir este tipo de contenidos, hay muchos. Entre ellos Flickr, Picasa Web y el mismo Facebook ofrecen opciones muy interesantes: etiquetado, separación por álbumes, retoque sencillo, etc.
Aunque no soy un usuario muy activo y no publico demasiado material fotográfico, tengo una cuenta en Flickr desde hace un tiempo. Hay algunas limitaciones de la cuenta básica de Flickr que hacen la experiencia de publicar y compartir fotos en este servicio un poco incómoda: el límite en la cantidad de fotos que se ven en la galería (pasadas las 200 las más antiguas ya no se pueden visualizar tan fácilmente), el hecho de que sólo se pueden crear 2 álbumes, las restricciones de ancho de banda para subir contenido (sólo 100 MB mensuales). Indudablemente, Flickr tiene muchos puntos a favor: la impresionante comunidad que se generó alrededor, la interfaz rápida y sencilla, las funciones sociales (grupos, contactos). Tomar la decisión de dejarlo y reemplazarlo por otro se hace difícil. Pero…
Picasa Web no se queda atrás en lo más mínimo. La interfaz también es excelente (no me animo a decir que es mejor que la de Flickr porque ya es cuestión de gustos). Es algo más complicada que la de Flickr, pero tiene muchas otras opciones. Las restricciones de una cuenta de Picasa Web son, a mi parecer, mucho menores que las de una cuenta gratuita de Flickr. El servicio de Picasa Web nos da mucha más libertad en la cantidad de álbumes y en la manera de organizar nuestras galerías. Otro punto muy a favor es la excelente integración que tiene el servicio de Picasa Web con Picasa, cosa que no es de extrañar viniendo los dos de Google. Seleccionar imágenes de la galería, incluso hasta álbumes completos, y publicarlos en Picasa Web con toda la información ingresada desde Picasa (etiquetas, geoposicionamiento, comentarios, títulos y descripciones) es un gran ahorro de tiempo y es tan sencillo como seleccionar un par de imágenes y hacer un clic. Además, el mismo programa lleva el registro de todas las imágenes que vayamos subiendo al servicio web, con lo cual es muy fácil saber qué material ya se encuentra publicado y no duplicar contenido. En realidad, toda la integración que ofrece Picasa con los diversos servicios de Google (Blogger, Gmail, etc…) es excelente. Muy sencilla e intuitiva. También hay agregados para facilitar estos procedimientos con servicios de terceros, como Flickr o Facebook. Pero no se comparan con la integración transparente que tiene el programa con Picasa Web.
Así que la decisión es un poco difícil. Supongo que por el momento y para complicar las cosas voy a seguir usando los dos servicios simultáneamente.
En España se han generado, desde hace tiempo, un debate y una lucha muy agitados acerca de los derechos de autor y la libre distribución de la cultura en la era digital. Hay diferencias muy claras en cuanto a lo que es y lo que debería ser la cultura y el arte y su distribución social en la era tecnológica en la que nos toca vivir. Hay planteamientos muy fuertes y bandos bien diferenciados: por un lado están los que controlan los derechos de difusión de la mayor parte de los contenidos culturales que la sociedad consume y por el otro los consumidores directos de dichos contenidos. Y las diferencias de conceptos son marcadísimas. Se habla de diferencias conceptuales generacionales, de intereses puramente comerciales, de utilizar la excusa de la protección del artista y de la cultura como máscara para, en realidad, proteger intereses conómicos. Se habla de muchas cosas. Y se hacen muchas otras desde ambas partes.
En muchos otros países de Europa y del mundo existe lo que se denomina el ‘canon digital’, algo así como un impuesto a todos los medios que posibilitan la copia de material con algún tipo de derecho de autor. Los artículos sujetos al canon son de lo más variados: desde CDs y DVDs vírgenes pasando por todo tipo de soporte que permita la copia digital de material con copyright, tarjetas de memorias, discos rígidos y hasta escáneres e impresoras. De esta manera se busca compensar por las posibles copias que se pudieran hacer con estos medios de obras protegidas por el derecho de autor, compensando de esta manera el perjuicio que esto generaría a sus autores. El debate está servido desde hace tiempo. Y hay serias dudas de que este tipo de campañas, apoyadas por entidades de gestión colectiva (la RIAA en USA, SGAE en España, SADAIC en Argentina y muchas otras en todo el mundo) busquen verdaderamente proteger al artista y de que los fondos recaudados por estas imposiciones vayan a donde deberían. En Argentina todo llega tarde, pero termina llegando. Hace poco corrieron rumores acerca de la implantación de un impuesto (llamarlo canon es algo mucho más diplomático) similar al europeo en nuestro país.
El concepto de este “canon” es bastante irónico y paradójico en sí: por un lado, se cobra a los usuarios finales de este tipo de medios por el posible perjuicio generado al artista, pero por el otro, se persigue y se trata de sancionar (por lo menos por vías civiles, ya que la copia privada está muy lejos de ser delito) a los que dupliquen contenidos protegidos. Se mete a todo el mundo en la misma bolsa de “piratas” cuando, en realidad, la piratería cultural y la copia provada son cosas claramente distintas.
Cuando todo parece agotarse y los recursos para limitar la distribución de este tipo de contenidos, muy facilitada por la penetración de internet y la forma en la que la sociedad la utiliza, los mercados se tambalean y se recurre a soluciones extremas que atentan contra todo tipo de libertades sociales. Se proyecta y se implementa el monitoreo de las transferencias en internet. Con la excusa de las descargas de contenidos ilegales se controla absolutamente todo. Se escruta, se intimida y se persigue a los usuarios por hacer uso de un servicio por el que pagan. En estas cuestiones, los límites parecen no estar del todo claros. Hay amplios vacíos legales, sobre todo en nuestro país.
La copia privada o, para decirlo en términos más cordiales, el derecho que todos tenemos de copiar y compartir contenidos culturales en forma libre siempre y cuando no haya ánimo de lucro o beneficio económico de por medio, es otro gran debate con posturas muy encontradas. Pero en casi todo el mundo, según diferentes legislaciones y salvando diferencias puntuales, todos tenemos derecho a la copia privada y esta no es una actividad ilegal o ilícita que pueda ser penada por la ley.
Pero una de las muchas ventajas que nos da internet (al ser libre y no estar controlada) es la posibilidad que nos brinda de aunar intereses y formar comunidades que busquen un fin práctico común. Por ejemplo, Exgae (un movimiento que surge en España y que es digno de imitar) busca proteger a la sociedad, a la comunidad de usuarios de internet y al individuo en general ante eventuales intentos de coartar la difusión cultural en pro del beneficio económico.
Y es que, muchas veces, se llega a extremos casi impensados pero que finalmente son avalados por el gobierno de turno (por lobby, desconocimiento, corrupción y demás) y se crean e imponen leyes totalmente autoritarias e irrisorias, que sólo pueden ser razonables para unos pocos beneficiados, pero que estan muy lejos de beneficiar a la mayoría. De un día para otro internet, esta gran herramienta con la que contamos, capaz de cambiar la forma en la que nos comunicamos, interactuamos y pensamos, capaz de transformar la sociedad y los mercados de forma inimaginada hasta hace tan sólo unos pocos años; puede dejar de ser ese territorio libre y autárquico en el que nos movemos.
Hace unos días publicaron una especie de manifiesto en respuesta a otro publicado por la coalición española de entidades de gestión. Sus 7 puntos son los siguientes (las negritas son mías):