Argentina es el país que nos tocó. Si bien esto no fue una opción, es también el país que elegimos cuando decidimos quedarnos acá y no buscar un pasaporte para tomarnos el primer buque a mano. Es el país que elegimos día a día mediante la construcción personal que puede llevar a cabo cada uno de nosotros con su propio trabajo, su conducta, sus ideas y sus propuestas.

Tenemos lo que sembramos, como bien se dice. Y tenemos esto que es la Argentina que, por mucho que nos pese, es lo que construimos. ¿Es lo que somos capaces de construir? ¿Podemos, realmente, los argentinos como tales construir otra cosa que no sea esta Argentina, tan amada y cuestionada al mismo tiempo? Yo creo que sí, que es es muy difícil pero posible. Y lo que es posible pero requiere mucho de nosotros es, al fin y al cabo, lo mejor para todos. Porque saca lo mejor de cada uno y lo pone a disposición de los demás. El día (la generación, mejor dicho, porque no hay plazos cortos en esto) en que dejemos de pensar individualmente y formemos una verdadera comunidad, vamos a ver crecer el país que todos verdaderamente queremos para nosotro. Pero lo importante es quererlo para “nosotros”. Si lo quiero para mí solamente, no sirve. Lo quiero para todos y primero para ellos. Para el que tengo al lado. Porque sé que, en definitiva, el que tengo al lado lo quiere también para mí, para mi familia y para mis hijos. Así funcionan las sociedades, las verdaderas sociedades. Sin poner ejemplos, creo que es un concepto muy claro que todos llevamos muy adentro pero que nos cuesta afrontar porque sabemos que toda nuestro propio bagaje le juega en contra. Nosotros mismos le jugamos en contra.

La democracia que nos toca vivir hoy en día (a nivel mundial, no digo sólo en la Argentina) es algo muy particular. Solamente las sociedades que saben organizarse y canalizar su pensamiento colectivo de una forma razonable, pacífica y conjunta, logran sacarle el mayor provecho a la democracia como sistema. El poder de masa de una sociedad y de su pensamiento es algo muy difícil de ordenar (pero como dije antes, lo difícil en estos casos es lo realmente provechoso) pero el único medio con el que contamos para conseguir el país que nos merecemos y que buscamos. De esto hay demostraciones que no dejan lugar a dudas.

La democracia se sustenta en el debate y es al debate a donde debemos apuntar como sociedad. Los argentinos tenemos que aprender a debatir a nivel social, a nivel laboral, a nivel institucional. El debate entre la sociedad y sus gobernantes, sus instituciones, no es un sueño imposible. Lo mejor para nuestra democracia es que los verdaderos problemas que tenemos como sociedad lleguen al debate colectivo.

Por eso, leo y estoy totalmente de acuerdo: ¡Queremos debate antes de las elecciones! Eso es lo normal en un proceso político electoral democrático: que los postulantes contrasten sus ideas y sus propuestas para que nosotros, los electores, lleguemos a una decisión certera. El voto es nuestro poder (no lo llamo arma porque acá no se trata de guerras) y para usarlo efectivamente tenemos que conocer el ámbito en el que nos movemos. Por eso creo que, tomando como ejemplo los procesos electorales en otros tantos países (España y USA, por ejemplo), el debate entre candidatos es, no solamente la mejor manera de preparar nuestros votos sino una obligación política y social que tienen los candidatos y los gobiernos para con los ciudadanos. Yo apoyo plenamente el debate pre-electoral para la democracia Argentina. Algo que en otros países es, indiscutiblemente y de rigor, una etapa normal de todo proceso electoral y que llega de formas hasta hace poco impensadas: invade blogs; cuentas de Twitter, Facebook y MySpace; crea canales específicos en YouTube. Cuantos más medios se sumen al debate, mejor. A lo mejor todo esto nos queda un poco lejos (por ahora) pero andando se hace el camino. Empecemos por pedir que la Argentina tenga un debate público pre-electoran entre sus candidatos.

“Este es el mejor momento para pedirlo”