El fin de semana pasado nos hicimos una escapada al campo, literalmente. Y fue uno de esos momentos casi mágicos en los que me arrepentí terriblemente de no haber cargado la cámara de fotos. La escapada fue improvisada de un momento para otro y no duró más de 40 minutos. La idea era ir a visitar a un tío (hermano de mi abuela) que pasó toda su vida en el campo. Estábamos muy cerca del lugar, teníamos muchas ganas de verlo y él no se está sintiendo muy bien últimamente.
Apenas cruzando la ruta 14 empiezan los caminos de tierra que se van metiendo de a poco y serpenteando en la zona de campo, cultivo y cría de animales. La mezcla de colores, de diferentes cultivos, los animales pastando, los caminos de tierra que iban dejando una estela difusa atrás nuestro, los pájaros, las frondas, los setos, la música que sonaba en ese momento en la radio, todo eso coloreado por un atardecer bien rojizo con nubes pesadas y gruesas desparramadas por un cielo tranquilo, me generaron una sensación casi sublime, casi fílmica, muy difícil de explicar. Era todo un placer estar cruzando por esos caminos.
Supongo que el contraste con el paisaje urbano al que estoy acostumbrado normalmente también influyó bastante en ese momento. Todo el conjunto me inspiró una especie de “nostalgia” y muchísimo respeto por la vida en el campo. Pensar que todos los días ese es tu paisaje, tu lugar, tu entorno de trabajo y de convivencia, más allá de todas las complicaciones y limitaciones que eso mismo supone.
El lugar se conoce entre la gente como “Campo Loma Verde”. Queda en el pueblo de Soldini (a unos 15 kilómetros de la ciudad de Rosario) a donde nos estaremos mudando en unas semanas más si todo sale según los planes. La mudanza la venimos planeando desde hace más de 4 meses y posponiendo por motivos diversos (entre ellos la noticia de nuestro tercer embarazo, tercer hijo en camino). Lo último que quedaba por hacer en la casa ya está terminado así que ya no tenemos excusas para demorarnos, salvo imprevistos.
La casa es un lugar hermoso. Era de mis abuelos y tiene un patio enorme que seguramente nos tomará tiempo y esmero mantener para que lo puedan disfrutar mis hijos. Pero vale mucho la pena. Es un pueblo muy tranquilo y lo conozco desde que era muy chico. Íbamos muy seguido a pasar los fines de semana a la casa de mis abuelos maternos, a los que estoy extrañando desde hace unos pocos meses.
Seguramente, ellos estarán muy contentos de que ahora nos vayamos para allá. Y, a pesar de que sé que al principio nos va a costar un poco adaptarnos por varios motivos, nosotros estamos muy ansiosos, agradecidos y orgullosos de poder irnos a vivir a la casa que mi abuelo construyó con sus mismísimas manos.
Como está muy próximo mi cumpleaños número 30, la semana pasada me agarró algo muy parecido a un “antojo” y no traté de contenerlo en lo más mínimo. Apenas salí del trabajo fui derecho a la primera librería que se me cruzó por la cabeza (una que está justo a la vuelta) y decidí sacarme las ganas con un libro del que hacía mucho venía leyendo comentarios por ahí y que hacía rato que tenía ganas de conseguir. No digo de leer, porque la cola de libros que tengo pendientes de lectura es bastante larga para mi ritmo actual de lectura. Pero supongo que lo voy a acomodar en el medio de algunos otros porque es una novela bastante corta.
Fue bastante curioso, porque entré a la librería con la idea de preguntarle directamente a alguno de los empleados por el libro pero cuando llegué hasta el final del local vi que había una batea con libros clásicos (y otros no tanto) en oferta. Y me llevé una sorpresa muy grata cuando vi que tenían una buena pila del que yo justo estaba buscando. Así que me ahorré la consulta y agarré una copia. Curioseando un poco entre los demás libros que había en la misma mesa, de los cualés no todos eran de una temática afín, encontré otros dos que también me había quedado con ganas de comprar en alguna otra oportunidad. Así que, como estaban todos a muy buen precio, no lo dudé demasiado y me los llevé los tres.
Ah… además compré un libro de lectura infantil para mi hijo más grande, supongo que para no sentirme tan mal de comprar solamente algo para mí.
Los nuevos libros que se agregan a mi humilde pero creciente (se aceptan donaciones y regalos) biblioteca son:
Apenas termine con mi lectura actual supongo que le haré un lugarcito a 1984, que fue el que motivó mi escapada a la librería. No sé por qué, porque conozco la trama muy por encima, pero la segunda parte del juego Half Life me hizo acrodar mucho a este libro.
En cuanto a “Un Mundo Feliz”: Brave New Wolrd es el título original del libro en inglés, pedazo de disco de Iron Maiden. Demasiadas cosas buenas juntas.
La tercera novela, “El Señor de las Moscas”, es una historia de post-guerra sobre un grupo de chicos que se pierde en una isla después de un accidente de avión. Salvando las diferencias en la trama y las épocas me crea un clima Lost que me seduce demasiado. De la película que se hizo en 1990 (con Harrison Ford) tengo vistas solamente un par de secuencias sueltas que espero no me condicionen demasiado la lectura.
Es genial que se puedan conseguir libros tan baratos. Obviamente se trata de ediciones económicas y no tan lujosas como otras, pero cuando lo que importa es el texto, todo lo que encarezca el producto creo que está de más. Creo que la industria de la música debería tomar como ejemplo este concepto de la industria literaria: el hecho de que haya diferentes tipos de edición de una misma obra, cubriendo las distintas pretensiones de cada lector. Si realmente me gusta un autor o una obra, es razonable que me compra una muy buena edición. Pero si lo que quiero es algo más accesible no tengo por qué gastarme un dineral. Es cierto que en cuanto a CDs y DVDs de música existen las ediciones coleccionables, que son mucho mas caras y tienen (o deberían tener) material extra y mejor calidad en algunos elementos. Pero no existe algo así como una edición “realmente” económica de un disco.
Así que ya saben: si me quieren regalar algo… mejor un libro.
Hoy es el cumple de Matías, mi hijo más chico. Es un cumpleaños muy especial porque es su primer añito. Es impresionante verlo crecer todos los días un poco más.
La fecha de su cumpleaños coincide con la de los cumpleaños de algunos otros conocidos, pariente y amigos. A partir de ahora ya no tengo excusa para olvidarme de esos cumpleaños paralelos al de Matías.
Pero además, gracias a una entrada del blog 120% Linux (a cargo de Rubén, a.k.a. outime), vengo a enterarme de que también es el cumpleaños del kernel de Linux, ya que un día como hoy pero del año 1994 se publicaba su primera versión: la 1.0.0
Así que hay muchos motivos para festejar este y los próximos 14 de marzo.
¡Felicidades a todos! Especialmente a Matu…
Actualización 15/03 11:49: también ayer se conmemoraba el día del número Pi, por la notación de la fecha en formato anglosajón, que es 3/14 (con el mes adelante del día). Y para hacer el efeméride un poco más matemático y geek todavía, un día como ayer pero del año 1879 nacía Albert Einstein.
Son las 00:09 y acaba de entrar el nuevo año. Toda la familia salió a la calle a ver los fuegos artificiales. Yo acabo de borrar el primer comentario spam del 2007. Hay cosas que nunca cambian. Espero que para el resto este año que comienza nos depare muchas sorpresas (buenas, por supuesto).
Esta mañana nos pasó algo bastante curioso. Salimos algo retrasados de casa y estábamos con los tiempos más que justos para llegar a destino. Así que, como éramos varios y viajábamos a lugares distintos pero no tan distantes (todos en el centro o macro centro de la ciudad), nos decidimos a tomar un taxi para acortar tiempos y dividir los gastos. No demoramos demasiado en conseguir uno, cosa bastante extraña en estos días en que escasean bastante y se debate el tema de otorgar nuevas chapas y habilitaciones.
La persona que nos tocó en suerte como conductor, chofer o como quieran llamarlo era un señor algo maduro y parecía bastante impaciente, no sólo por sus reacciones sino por la forma en la que manejaba. Hizo algunos comentarios (lo de siempre: el tránsito y bla, bla, bla) que nos hicieron pensar que no era del todo normal o que, en el mejor de los casos, estaba bastante abstraída en sus propios asuntos. Pero me inclino más por la primera opción. Lo que más nos asombró fue su forma de conducir: frenadas y aceleradas en seco; velocidades más altas de lo permitido (llegaba rápidamente a los 60 Km./h en calles donde la máxima permitida es de 40 Km./h, y peor todavía en las avenidas); bocinazos constantes, incluso a otros autos que estaban parados en un semáforo en rojo y en esquinas en las que ya le estaban dando paso. En fin, un bodrio total. Llegó un punto en el que pensé que el tipo se había robado el auto y se estaba escapando de vaya a saber quién.
Cuando llegamos a una avenida en la que amagó a subir todavía más la velocidad, y después de un par de frenadas más, alguien de los que viajábamos en el auto se animó por fin y le dijo lo necesario: “Esteeee.. ejem… disculpe, pero…” Y vino la crítica constructiva. Bien hecha, por supuesto. No se la tomó a mal en lo más mínimo. Por el contrario, tuvo una reacción bastante inesperada. Empezó a titubear y a pedir disculpas, explicando que lo hacía “porque todo el mundo maneja rápido por acá, sobre todo en las avenidas, y que si él no manejaba igual lo pasaban por encima”, etc, etc…
La cuestión es que a partir de ese momento bajó abruptamente la velocidad y apenas llegaba a los 15 o 20 Km./h, doblando muy suavemente y frenando como una seda. Los pasajeros nos miramos con asombro pero, como ya quedaba más bien poco para llegar a destino, decidimos no decirle nada más para no empeorar todavía más la cosa. Seguimos charlando como si nada hubiera pasado.
Todo el asunto me lleva a pensar en lo frágiles y deficientes que son los controles de tránsito en general, sobre todo en nuestra ciudad. Es cierto que en Rosario tenemos fama y tradición de manejar bastante mal. Pero cuando se llegan a ver casos como éste en los servicios públicos, un duda de la gente que realiza (o debería realizar) los controles, pruebas y exámenes a los que aspiran a manejar este tipo de vehículos. Aunque, teniendo en cuenta la forma en que se manejan muchos colectivos y taxis en la ciudad, dudo mucho de la existencia de estos controles y mucho más todavía de su periodicidad y auditoría permanente. Creo que debemos empezar por controlarlo nosotros mismos, los usuario, advirtiéndolo ante la menor transgresión. Y, sobre todo, dando el ejemplo cuando nos toca ponernos al volante.