En España se han generado, desde hace tiempo, un debate y una lucha muy agitados acerca de los derechos de autor y la libre distribución de la cultura en la era digital. Hay diferencias muy claras en cuanto a lo que es y lo que debería ser la cultura y el arte y su distribución social en la era tecnológica en la que nos toca vivir. Hay planteamientos muy fuertes y bandos bien diferenciados: por un lado están los que controlan los derechos de difusión de la mayor parte de los contenidos culturales que la sociedad consume y por el otro los consumidores directos de dichos contenidos. Y las diferencias de conceptos son marcadísimas. Se habla de diferencias conceptuales generacionales, de intereses puramente comerciales, de utilizar la excusa de la protección del artista y de la cultura como máscara para, en realidad, proteger intereses conómicos. Se habla de muchas cosas. Y se hacen muchas otras desde ambas partes.
En muchos otros países de Europa y del mundo existe lo que se denomina el ‘canon digital’, algo así como un impuesto a todos los medios que posibilitan la copia de material con algún tipo de derecho de autor. Los artículos sujetos al canon son de lo más variados: desde CDs y DVDs vírgenes pasando por todo tipo de soporte que permita la copia digital de material con copyright, tarjetas de memorias, discos rígidos y hasta escáneres e impresoras. De esta manera se busca compensar por las posibles copias que se pudieran hacer con estos medios de obras protegidas por el derecho de autor, compensando de esta manera el perjuicio que esto generaría a sus autores. El debate está servido desde hace tiempo. Y hay serias dudas de que este tipo de campañas, apoyadas por entidades de gestión colectiva (la RIAA en USA, SGAE en España, SADAIC en Argentina y muchas otras en todo el mundo) busquen verdaderamente proteger al artista y de que los fondos recaudados por estas imposiciones vayan a donde deberían. En Argentina todo llega tarde, pero termina llegando. Hace poco corrieron rumores acerca de la implantación de un impuesto (llamarlo canon es algo mucho más diplomático) similar al europeo en nuestro país.
El concepto de este “canon” es bastante irónico y paradójico en sí: por un lado, se cobra a los usuarios finales de este tipo de medios por el posible perjuicio generado al artista, pero por el otro, se persigue y se trata de sancionar (por lo menos por vías civiles, ya que la copia privada está muy lejos de ser delito) a los que dupliquen contenidos protegidos. Se mete a todo el mundo en la misma bolsa de “piratas” cuando, en realidad, la piratería cultural y la copia provada son cosas claramente distintas.
Cuando todo parece agotarse y los recursos para limitar la distribución de este tipo de contenidos, muy facilitada por la penetración de internet y la forma en la que la sociedad la utiliza, los mercados se tambalean y se recurre a soluciones extremas que atentan contra todo tipo de libertades sociales. Se proyecta y se implementa el monitoreo de las transferencias en internet. Con la excusa de las descargas de contenidos ilegales se controla absolutamente todo. Se escruta, se intimida y se persigue a los usuarios por hacer uso de un servicio por el que pagan. En estas cuestiones, los límites parecen no estar del todo claros. Hay amplios vacíos legales, sobre todo en nuestro país.
La copia privada o, para decirlo en términos más cordiales, el derecho que todos tenemos de copiar y compartir contenidos culturales en forma libre siempre y cuando no haya ánimo de lucro o beneficio económico de por medio, es otro gran debate con posturas muy encontradas. Pero en casi todo el mundo, según diferentes legislaciones y salvando diferencias puntuales, todos tenemos derecho a la copia privada y esta no es una actividad ilegal o ilícita que pueda ser penada por la ley.
Pero una de las muchas ventajas que nos da internet (al ser libre y no estar controlada) es la posibilidad que nos brinda de aunar intereses y formar comunidades que busquen un fin práctico común. Por ejemplo, Exgae (un movimiento que surge en España y que es digno de imitar) busca proteger a la sociedad, a la comunidad de usuarios de internet y al individuo en general ante eventuales intentos de coartar la difusión cultural en pro del beneficio económico.
Y es que, muchas veces, se llega a extremos casi impensados pero que finalmente son avalados por el gobierno de turno (por lobby, desconocimiento, corrupción y demás) y se crean e imponen leyes totalmente autoritarias e irrisorias, que sólo pueden ser razonables para unos pocos beneficiados, pero que estan muy lejos de beneficiar a la mayoría. De un día para otro internet, esta gran herramienta con la que contamos, capaz de cambiar la forma en la que nos comunicamos, interactuamos y pensamos, capaz de transformar la sociedad y los mercados de forma inimaginada hasta hace tan sólo unos pocos años; puede dejar de ser ese territorio libre y autárquico en el que nos movemos.
Hace unos días publicaron una especie de manifiesto en respuesta a otro publicado por la coalición española de entidades de gestión. Sus 7 puntos son los siguientes (las negritas son mías):
Hace algunas semanas me puse muy contento cuando terminaron de bajar en el eMule las dos partes de la película Steamboy, la última de Katsushiro Otomo. Estaba disponible la versión en 2 CDs con sonido AC3, así que decidí bajar esa. Sabía que iba a tener que armarme de paciencia, pero valió la pena porque la calidad es espectacular.

Según los comentarios que circulan es la película más cara de la historia. Bueno, hasta ahora, porque últimamente la marca se va renovando año tras año. Todavía me acuerdo cuando el récord lo sostenía Akira, del mismo director.
Esta nueva película de Otomo tiene el nivel y la calidad a la que ya nos tiene acostumbrados en sus últimas producciones. La integración de animación 2D tradicional con gráficos CGI es impresionante.
Es la historia de un joven genio en plena revolución industrial europea, cuando se comenzaba a prever el problema del abastecimiento mundial de energía, la escasez de recursos y las nuevas fuentes de energía inagotable. Acción, complots, secretos, lucha de poderes, espionaje industrial para conseguir las últimas tecnologías y muchos otros elementos se van entremezclando en una trama que se desarrolla en una atmósfera de época. La banda de sonido es realmente excelente y crea un clima impresionante.
La pieza central, generadora de todo el conflicto, es una pequeña esfera de vapor, capaz de generar y contener una energía impresionante. Una película sutil y muy recomendable, al estilo Otomo.
Como era de esperarse, ya salió el primer buscador genérico de torrentes para el BitTorrent. Se llama Bitoogle. La verdad que el nombre, más allá de lo mal que suena, no es muy inspirado que digamos. Pero al margen de eso esperemos que el motor funcione bien. Se trata de un meta-buscador que se encarga de rastrear archivos .torrent entre diferentes servidores y servicios de búsqueda. Al estilo de Astalavista con los cracks y serials. Habrá que probarlo un poco para ver qué tan útil puede llegar a ser.
Y no sería esta la primera vez que se clona la idea de un buscador temático al estilo Google. Hace un tiempo se conoció el primer buscador de “contenido adulto” con una interfaz totalmente clonada del conocido motor.