Esta semana tenía algo de trabajo pendiente en casa y quería sacármelo de encima lo antes posible para poder seguir con otras cosas. En la manía que todos tenemos de querer resolver todo cuanto antes, y después de varios lustros de estar acostumbrado (mal o bien, da igual) al entorno Windows, con todas las aplicaciones a las que éste nos tiene acostumbrados, es difícil que uno encuentre el tiempo para buscar alternativas. Pasarse a un entorno Linux y aprender a utilizar otros programas para hacer lo mismo que se hacía hasta ahora es algo que requiere invertir bastante tiempo y paciencia. Pero al fin de cuentas rinde y vale la pena.
Hace meses que estoy tratando de hacer una transición definitiva a Ubuntu, lo cual me cuesta un poco en algunos aspectos porque hay aplicaciones para las que no encuentro sustituto. El gran problema suelen ser los programas como el Flash, el Corel o el Illustrator, por ejemplo. Existe Inkscape para trabajo con gráficos vectorials. Pero, a pesar de que es muy bueno y está en constante desarrollo y crecimiento, todavía no llega a tener todas las prestaciones que ofrecen sus contrapartes en Windows o Mac. Por suerte esto se va revirtiendo poco a poco y cada vez hay más herramientas específicas y profesionales. Todo es cuestión de invertir tiempo de búsqueda. ¡Qué sería de nosotros sin Google!
Para este caso en particular la tarea era bien sencilla: tenía que procesar algunos archivos de texto plano para darle un formato específico (eliminar líneas en blanco, indentados especiales, saltos de línea en determinados lugares, etc) que luego interpretara correctamente un script PHP para procesarlos y volcar los datos a una base en SQL Server. Para esto, solía utilizar el Notepad++ bajo Windows, que es un editor de textos súper liviano y versátil, con coloreado de sintaxis, colapsado de bloques y altamente configurable.
Perdí bastante tiempo tratando de buscar alguna versión del programa compilada para que corriera bajo Linux o, en su defecto, alguna herramienta similar, con las mismas funcionalidades y, sobre todo, rapidez. Hasta llegué a plantearme la opción de ejecutarlo bajo Wine. Hay entornos de desarrollo, como el Quanta de KDE, que me hubieran servido perfectamente. Pero consumen muchos más recursos y se ponen algo pesados y lentos cuando se trabaja con archivos extensos. ¡Ah… lo que es la ignorancia de principiante!
Resulta que lo que había estado buscando lo tenía desde un principio frente a mis narices. Todo el tiempo había estado ahí, pasando completamente desapercibido por mi falta de información. Y es que la versatilidad del Vim, el procesador de textos preferido por los consoleros y que se incluye en la instalación básica de cualquier distribución Linux, cumple con todas esas expectativas y muchas, muchas más. La hoja de referencia rápida del programa, con un resumen de todos los atajos de teclado y funciones disponibles, no tiene desperdicio, y muestra toda la versatilidad que nos puede brindar una pequeña aplicación de consola. Es una herramienta extremadamente rápida, con muchísima funcionalidad para el trabajo con cualquier tipo de texto o script, en cualquier lenguaje o formato que se desee. Ah… y está disponible desde la consola, por lo que no se necesita tener activo ningún entorno gráfico. Es un gran salvavidas a la hora de configurar servidores y hacer edición en modo texto.
28 nov
Escrito por Caralimón
Categorías: opinión
Hace poco menos de dos semanas, el pasado 15 de noviembre, se vivió en nuestra ciudad uno de los temporales más extremos, extraños y memorables de los últimos tiempos que creo (y espero) no se volverá a repetir en el corto plazo. Fue una violenta tormenta de viento, granizo contundente y lluvia que no estamos acostumbrados a ver por estas latitudes. Según los informes oficiales que pude escuchar horas después se trató de lo que en meteorología se conoce como meteoro. El día había estado anunciando mal tiempo desde el comienzo pero, más allá de eso, no se emitió ningún tipo de alerta meteorológico por parte de los servicios climáticos locales. La tormenta en sí duró unos pocos minutos (algo más de 15 según recuerdo), pero ese lapso fue suficiente para que causara varios destrozos graves: caída de árboles, plantas y vegetación en general; rotura de vidrios, tanto en los departamentos y casa particulares como en autos estacionados y que circulaban por la vía pública en ese momento; abollones y golpes varios en una gran cantidad de automóviles; voladura y rotura de techos de chapa y fibrocemento (muy comunes en galpones, tinglados y viviendas de escasos recursos); caídas de palmas y columnas de diversos servicios (luz, teléfono, etc.); rotura de alumbrado público y semáforos; cortes y caídas de cables de tendido urbano, entre otros. También hubo que lamentar la pérdida de vidas humanas (pocas por suerte, pero pérdidas al fin), tanto por el efecto directo de la tormenta como por causas posteriores a la misma. Lamento no haber tenido a mano la cámara digital para hacer algunas tomas rápidas durante el temporal, pero la verdad es que la tormenta me tomó totalmente de imprevisto (como a todos) y lejos de casa.
Los daños alcanzaron a todos los sectores de la ciudad, aunque de forma irregular, ya que las zonas más marginadas los sufrieron con mayor intensidad. Las pérdidas materiales fueron cuantiosas y, según cifras oficiales, se calcula que el costo total de reparación, asistencia y saneamiento ascendería a algo más de 210 millones de pesos, monto que en principio me pareció algo exagerado pero probablemente sea por mi escasa capacidad para imaginarme el problema a mayor escala. Es muy fácil recuperarse de un evento como este cuando los daños son algunos vidrios rotos, un árbol caído frente a casa o algunos abollones en el auto. La situación se complica infinitamente cuando lo que falta es el techo, cuando la casa familiar ha quedado total o parcialmente expuesta a la lluvia, cuando el agua sube desde el piso y alcanza varios centímetros de altura. Y esta es la situación que creo se vivió durante las primeras horas (e incluso días) de transcurrido el temporal en muchas viviendas periféricas de la ciudad, ocupadas en su mayoría por familias que viven en la pobreza e incluso en la indigencia.
Esta situación llevó a que muchos sectores sociales expresaran su malestar y se manifestaran de una manera que ya es muy bien conocida por todos los argentinos. Se establecieron diversos piquetes en diferentes puntos de acceso y cruces clave de nuestra ciudad, incapacitando la circulación del tránsito y obligando a un gran número de vehículos de todo tipo a buscar vías alternativas para llegar a destino. El piquete en sí es una forma de protesta que, a pesar de que creo que trastorna el normal funcionamiento de una ciudad entera o de una vía de tránsito a escala general, alcanza niveles de atención mucho más contundentes que cualquier otro tipo de movilización. La discusión de si la protesta está bien orientada o no, por el hecho de que afecte al común de la ciudadanía y no esté dirigida directamente a gobernantes, funcionarios y afines, va más allá de lo objetivos que cada uno de nosotros pueda ser. Es cierto que todos nos quejamos ante este tipo de manifestaciones porque nos afecta más directamente a nosotros que a los que podrían o deberían prestar soluciones, y que genera un clima de tensión que muchas veces puede derivar en situaciones mucho más violentas que nos enfrentan entre nosotros mismos, siendo diferentes sectores de un mismo grupo social. Pero ante lo desapercibido que pasan muchos otros medios de protesta como las marchas y los escraches, esta es una forma de hacer que el malestar de un grupo se propague a unos muchos. Y es de esta manera que los dirigentes vuelven su atención para tratar de aliviar una situación amenazante en todo sentido. ¿Qué nos quedó del cacerolazo? ¿Qué otro recuerdo tenemos más allá de lo anecdótico y del pesar de miles de ahorristas a los que nunca se les devolvió su dinero? Ante este tipo de respuestas “oficiales” no hay muchas alternativas diplomáticas a la hora de patalear. Hay que hacerse escuchar. Y para eso hay que gritar muy fuerte.
Hasta acá todo bien. Es tolerable mi retraso, mi bronca (y la de muchos) si son fruto del reclamo de un sector que, a través de este medio, puede llegar a encontrar una respuesta. Muchas veces este es el único medio para que aparezca la solución a determinados problemas. Está de más decir que esta idea no anula la bronca, sino que la atenúa. Supongo que eso es normal y de ninguna manera invalida el reclamo.
Pero ¿cuál es el parámetro para determinar la legitimidad de una protesta de esta magnitud? No me parece un punto menor, ya que el nivel de trastorno que causa tiene un alcance realmente importante. Estamos hablando de toda una ciudad afectada. Y de nuevo hay que recordar lo difícil que es ser objetivo en el asunto. ¿Se podría determinar un nivel de representatividad basado en la cantidad de participantes? Supongo que sí, que esta relación directa es lo primero que se nos viene a la cabeza. En este caso en particular, al reclamos por las daños materiales causados durante la tormenta, se están agregando otros pedidos que surgen de carencias y faltas existentes desde antes, arrastrados por una situación social que nada tiene que ver con el hecho puntual en particular. Se genera así un resentimiento basado en la incapacidad mostrada por resolver estos otros problemas de fondo, cuando la intensión original del pedido abarcaba puntos más inmediatos. No digo que esta situación de malestar no sea subsanable ni que tenga que ser pasada por alto. Pero la mezcla de reclamos no hace más que enturbiar el panorama, generando reacciones negativas por parte del resto de los ciudadanos (que lo vemos desde afuera) ante este tipo de manifestaciones que en otros casos creo que sí son sustentables.
Vuelvo a decir que es necesario hacerse escuchar. Y para eso hay que gritar bien fuerte. Pero hay que tener en cuenta un principio activo básico y necesario para toda convivencia social: de ninguna manera el fin justifica los medios. El derecho de los demás debe ser respetado. El sacrificio es algo a lo que muchos estamos dispuesto si es justificable. Pero no puede reclamarse justicia si se sobre-explotación la demanda social en base a intereses personales o de grupos partidarios.
¡¡Maldito micro-corte de luz!!
Me hizo perder el post que desde hacía un rato estaba intentando de escribir. Sobre que a uno no le cuestan estas cosas… Eso me pasa por ir escribiendo de a pedazos mientras trato de hacer otras cosas y tomarme demasiado tiempo antes de decidirme a guardar. ¿Será que de esta tampoco aprendo?
Desde hace varias semanas me tomé la costumbre de hacer un asadito todos los sábados al mediodía. Por ahora la cosa es bastante controlada porque somos pocos los comensales y por lo tanto no es un gran asado. Solamente un par de kilos de carne alcanzan para todos. De todas maneras me pasa lo mismo de siempre: soy bastante indeciso con el tema del fuego, de cuánto carbón me hará falta en total y siempre tengo la sensación de que me voy a quedar sin brasas sobre el final.
Por suerte, hasta ahora le vengo calculando bastante bien y siempre llego con lo justo. Supongo que es cuestión de suerte. Estuve buscando datos para ver si encontraba alguna medida precisa o “fórmula matemática” para calcular la cantidad de carbón, así dejo de especular con mi sentido común para pasar a alguna magnitud numérica obtenida en base a la cantidad de carne o al número de invitados (que al fin y al cabo vendría a ser lo mismo), pero hasta ahora no encontré nada.
Supongo que no debe haber una fórmula. Al fin de cuentas debe ser algo así como un instinto que desarrolla todo asador experimentado (que no es mi caso por ahora) con el correr de los años. Habrá que saber esperar y sobrevivir a la duda.
Ya pasaron muchos días desde que publiqué mi último post. Y la verdad es que no fueron solamente días, sino que vinieron acompañados de muchos cambios. Algunos esperados y otros no tanto, pero todos buenos en última instancia. Supongo que voy a ir hablando de ellos a medida que pase el tiempo y me vaya animando.
Lo cierto es que hay muchas novedades que me han cambiado bastante la perspectiva de las cosas. No quise hablar de todas ellas desde un primer momento porque creo que tenía que dejarlas decantar un tiempo como para poder procesarlas y evaluarlas, cosa que en general me cuesta mucho, sobre todo si se trata de cambios radicales.
Bueno, tampoco es todo tan grande y pesado como suena, pero hay cosas que a uno le pasan a nivel personal y en su pequeño mundo interior ocupan todo el espacio disponible. Es natural que uno le de demasiada importancia, las sobre valúe, las sobredimensione.
Lo importante es que tengo muchas ganas de escribir, pero poco tiempo para dedicarle a la escritura. Así que voy a tratar de descubrir o inventar alguna fórmula mágica para que todo esto funcione. Supongo que es cuestión de ir despacio.