Después de las últimas dos tormentas fuertes (el granizo de hace unos meses y la tormenta de lluvia y viento de la semana pasada) que sufró la ciudad de Rosario, se está planeando la implementación de un plan de alertas que sea más efectivo que los que actualmente maneja el servicio meteorológico local ante este tipo de fenómenos. La iniciativa es del concejal Carlos Comi (del ARI) y el diseño de la propuesta está a cargo de gente del Instituto de Física de Rosario, que depende del CONICET.
(Vía: La nota original en Rosario3. Gracias a Lore que me pasó el dato!)
Con esta frase pasó a la historia Claudio “Pocho” Lepratti, un uruguayo que había venido hasta Rosario y desde hacía tiempo realizaba trabajo social de alfabetización en sectores carenciados de la ciudad, como barrio Ludueña y barrio Las Flores. Precisamente subido a la terraza de la Escuela Nº 756 del Barrio Las Flores, un 19 de diciembre del año 2001, gritaba a viva voz, para advertirles a los patrulleros que estaban abajo, que todavía quedaban chicos en el interior del comedor. Un disparo de Esteban Velásquez, agente del Comando Radioeléctrico, lo alcanzó y lo convirtió así en mártir, en otro ícono y víctima de la lucha social en nuestro país.
Creo que todos los argentinos vamos a recordar por muchos años aquel mes de diciembre de 2001. La revuelta social (más allá de las especulaciones y los análisis), que se manifestó en violentas movilizaciones y protestas, llegando incluso al saqueos de locales comerciales en todo el país, fue el catalizador para que el entonces presidente de la nación, Fernando De La Rúa, dimitiera de su cargo, dejando así abiertas las puertas de la incertidumbre ante un clima social y político bastante incierto e inestable. Después vinieron el desfile de presidentes provisionales, la devaluación del peso argentino, el estado de default y el corralito. La vuelta de personajes nefastos que ya no pensábamos volver a ver. Los análisis políticos y las elucubraciones sobre manipulación de las masas e intereses ocultos al ciudadano común. Pero de lo que no se puede dudar es de las víctimas fatales. Víctimas que llegaron a ser 7 en nuestra ciudad: Graciela Acosta, Walter Campos, Juan Delgado, Yanina García, Rubén Pereyra, Ricardo Villalba y Claudio “Pocho” Lepratti
De esto hizo ayer 5 años. Otros 5 que pasaron sin que viéramos mayor justicia que el encarcelamiento del agente que apretó el gatillo. Es por eso que alrededor de 500 personas se reunieron en la plaza 25 de Mayo, a pesar de la lluvia y el mal tiempo, tal como lo vienen haciendo anualmente desde el 2001, para que la memoria no se canse y para seguir pidiendo justicia. Una justicia que parece demorarse mucho más de la cuenta. Que pide nombres propios y penas concretas para los personajes de turno en aquel momento.
El diario El Ciudadano publicó una nota que resume un poco algunos aspectos importantes de la movilización.
Mientras tanto, seguimos recordando año a año y por todos los medios a nuestro alcance aquel diciembre negro. Y la iniciativa ciudadana ha rebautizado un tramo de la calle Pte. Roca, que en sus esquinas de la zona centro lleva cartelitos con el nombre de Pocho Lepratti.
28 nov
Escrito por Caralimón
Categorías: opinión
Hace poco menos de dos semanas, el pasado 15 de noviembre, se vivió en nuestra ciudad uno de los temporales más extremos, extraños y memorables de los últimos tiempos que creo (y espero) no se volverá a repetir en el corto plazo. Fue una violenta tormenta de viento, granizo contundente y lluvia que no estamos acostumbrados a ver por estas latitudes. Según los informes oficiales que pude escuchar horas después se trató de lo que en meteorología se conoce como meteoro. El día había estado anunciando mal tiempo desde el comienzo pero, más allá de eso, no se emitió ningún tipo de alerta meteorológico por parte de los servicios climáticos locales. La tormenta en sí duró unos pocos minutos (algo más de 15 según recuerdo), pero ese lapso fue suficiente para que causara varios destrozos graves: caída de árboles, plantas y vegetación en general; rotura de vidrios, tanto en los departamentos y casa particulares como en autos estacionados y que circulaban por la vía pública en ese momento; abollones y golpes varios en una gran cantidad de automóviles; voladura y rotura de techos de chapa y fibrocemento (muy comunes en galpones, tinglados y viviendas de escasos recursos); caídas de palmas y columnas de diversos servicios (luz, teléfono, etc.); rotura de alumbrado público y semáforos; cortes y caídas de cables de tendido urbano, entre otros. También hubo que lamentar la pérdida de vidas humanas (pocas por suerte, pero pérdidas al fin), tanto por el efecto directo de la tormenta como por causas posteriores a la misma. Lamento no haber tenido a mano la cámara digital para hacer algunas tomas rápidas durante el temporal, pero la verdad es que la tormenta me tomó totalmente de imprevisto (como a todos) y lejos de casa.
Los daños alcanzaron a todos los sectores de la ciudad, aunque de forma irregular, ya que las zonas más marginadas los sufrieron con mayor intensidad. Las pérdidas materiales fueron cuantiosas y, según cifras oficiales, se calcula que el costo total de reparación, asistencia y saneamiento ascendería a algo más de 210 millones de pesos, monto que en principio me pareció algo exagerado pero probablemente sea por mi escasa capacidad para imaginarme el problema a mayor escala. Es muy fácil recuperarse de un evento como este cuando los daños son algunos vidrios rotos, un árbol caído frente a casa o algunos abollones en el auto. La situación se complica infinitamente cuando lo que falta es el techo, cuando la casa familiar ha quedado total o parcialmente expuesta a la lluvia, cuando el agua sube desde el piso y alcanza varios centímetros de altura. Y esta es la situación que creo se vivió durante las primeras horas (e incluso días) de transcurrido el temporal en muchas viviendas periféricas de la ciudad, ocupadas en su mayoría por familias que viven en la pobreza e incluso en la indigencia.
Esta situación llevó a que muchos sectores sociales expresaran su malestar y se manifestaran de una manera que ya es muy bien conocida por todos los argentinos. Se establecieron diversos piquetes en diferentes puntos de acceso y cruces clave de nuestra ciudad, incapacitando la circulación del tránsito y obligando a un gran número de vehículos de todo tipo a buscar vías alternativas para llegar a destino. El piquete en sí es una forma de protesta que, a pesar de que creo que trastorna el normal funcionamiento de una ciudad entera o de una vía de tránsito a escala general, alcanza niveles de atención mucho más contundentes que cualquier otro tipo de movilización. La discusión de si la protesta está bien orientada o no, por el hecho de que afecte al común de la ciudadanía y no esté dirigida directamente a gobernantes, funcionarios y afines, va más allá de lo objetivos que cada uno de nosotros pueda ser. Es cierto que todos nos quejamos ante este tipo de manifestaciones porque nos afecta más directamente a nosotros que a los que podrían o deberían prestar soluciones, y que genera un clima de tensión que muchas veces puede derivar en situaciones mucho más violentas que nos enfrentan entre nosotros mismos, siendo diferentes sectores de un mismo grupo social. Pero ante lo desapercibido que pasan muchos otros medios de protesta como las marchas y los escraches, esta es una forma de hacer que el malestar de un grupo se propague a unos muchos. Y es de esta manera que los dirigentes vuelven su atención para tratar de aliviar una situación amenazante en todo sentido. ¿Qué nos quedó del cacerolazo? ¿Qué otro recuerdo tenemos más allá de lo anecdótico y del pesar de miles de ahorristas a los que nunca se les devolvió su dinero? Ante este tipo de respuestas “oficiales” no hay muchas alternativas diplomáticas a la hora de patalear. Hay que hacerse escuchar. Y para eso hay que gritar muy fuerte.
Hasta acá todo bien. Es tolerable mi retraso, mi bronca (y la de muchos) si son fruto del reclamo de un sector que, a través de este medio, puede llegar a encontrar una respuesta. Muchas veces este es el único medio para que aparezca la solución a determinados problemas. Está de más decir que esta idea no anula la bronca, sino que la atenúa. Supongo que eso es normal y de ninguna manera invalida el reclamo.
Pero ¿cuál es el parámetro para determinar la legitimidad de una protesta de esta magnitud? No me parece un punto menor, ya que el nivel de trastorno que causa tiene un alcance realmente importante. Estamos hablando de toda una ciudad afectada. Y de nuevo hay que recordar lo difícil que es ser objetivo en el asunto. ¿Se podría determinar un nivel de representatividad basado en la cantidad de participantes? Supongo que sí, que esta relación directa es lo primero que se nos viene a la cabeza. En este caso en particular, al reclamos por las daños materiales causados durante la tormenta, se están agregando otros pedidos que surgen de carencias y faltas existentes desde antes, arrastrados por una situación social que nada tiene que ver con el hecho puntual en particular. Se genera así un resentimiento basado en la incapacidad mostrada por resolver estos otros problemas de fondo, cuando la intensión original del pedido abarcaba puntos más inmediatos. No digo que esta situación de malestar no sea subsanable ni que tenga que ser pasada por alto. Pero la mezcla de reclamos no hace más que enturbiar el panorama, generando reacciones negativas por parte del resto de los ciudadanos (que lo vemos desde afuera) ante este tipo de manifestaciones que en otros casos creo que sí son sustentables.
Vuelvo a decir que es necesario hacerse escuchar. Y para eso hay que gritar bien fuerte. Pero hay que tener en cuenta un principio activo básico y necesario para toda convivencia social: de ninguna manera el fin justifica los medios. El derecho de los demás debe ser respetado. El sacrificio es algo a lo que muchos estamos dispuesto si es justificable. Pero no puede reclamarse justicia si se sobre-explotación la demanda social en base a intereses personales o de grupos partidarios.